Friday, April 25, 2008
Así va el poema por si las cornetas se dañaron:
The Strongest of the Strange
you wont see them often
for wherever the crowds are
they
are not.
these odd ones, not
many
but from them
come
the few
good paintings
the few
good symphonies
the few
good books
and other
works.
and from the
best of the
strange ones
perhaps
nothing.
they are
their own
paintings
their own
books
their own
music
their own
work.
sometimes i think
i see
them- say
a certain old
man
sitting on a
certain bench
in a certain
way
or
a quick face
going the other
way
in a passing
automobile
or
there’s a certain motion
of the hands
of a bag-boy or a bag-
girl
while packing
supermarket
groceries.
sometimes
it is even somebody
you have been
living with
for some
time-
you will notice
a
lightning quick
glance
never seen
from them
before.
sometimes
you will only note
their
existence
suddenly
in
vivid
recall
some months
some years
after they are
gone.
i remember
such a
one-
he was about
20 years old
drunk at
10 a.m.
staring into
a cracked
new orleans
mirror
face dreaming
against the
walls of
the world
where
did i
go?
Friday, April 18, 2008
Friday, September 22, 2006

Hace poco, estaba dando vueltas por la cota mil. Parece que esa arteria vial que está pegadita a El Ávila siempre está circulando. Por alguna razón conecta a Caracas en los puntos más útiles (por lo menos para mí), la vista es maravillosa, el aire de montaña nunca cae mal en los pulmones y siempre te da excusa para comenzar una conversa. Un “¡Qué bonita es la Cota Mil!” y estás resuelto. Damos inicio a la conversa.
- Sí ¿No? Hay una parte, de noche, en la que se puede ver como una culebra zigzagueando…
- ¿Con las luces de los postes? Es como por Altamira ¿No?... Ahí está, que fiiina. Qué bonita vale… Si la agarras a esta hora, nunca hay cola. Mira esa vista.
- Hasta los ranchos se ven de pinga
- Parecen un super nacimiento, jajajajajaja
- Sí sí sí sí, es de pinga la cota mil
- Ah! ¿Y el distribuidor de Altamira? Está tan bien construido. No hay manera de pelarte si lo agarras.
- Jajajaja, de pana. Si ves que hay cola pa’ La Urbina, agarras por La Francisco. Si hay cola pa’ Las Mercedes, te vas por chacao.
- Si vas para Altamira, si estás como jodi’o. Pero eso ya no es culpa de la vía, sino del gentío. Jejejejeje
- Bueno, pero es que antes como que cuidaban más los detalles, ahí tienes la cota. No sólo es bonita, sino funcional.
- No sólo eso. Sino que antes había planificación. Las cosas se pensaban antes de hacerlas.
- Es verdad hasta se diseñaba un plan para ello.
- El otro día estaba “interneteando” por ahí, buscando cosas para el programa y me encontré una edición de Mecánica Popular de 1952.
- 1952?! ¿Pero qué? ¿Digital y tal?
- ¡Sip! Un reportaje, creo que era el reportaje central de esa edición. Y la cosa era del viaducto de La Guaira.
- ¡¿Del puente?!
- Mmmjú. Resulta que para esa época era estructura preconstruida más grande de toda Latinoamérica. La tercera más grande de todo el mundo.
- ¡ Wooow! ¿Y cuánto fue el golpe para esa época?
- Oye no me acuerdo. Pero eran como unos 13 palos.
- ¿De Bolívares?
- ¡Nope! De dólares. Que por supuesto para la época, eran unos billes.
- El puente que se cayó, era toda una maravilla tecnológica de la arquitectura ¡Y se acaba de caer!
- Planificación, eso es lo que falta. Es que cuando te pones a ver las cosas que tenemos y las que hemos hecho recientemente ¿Cómo no vas a querer volver al pasado?
- De pana. Ahí tienes las calles de El Cafetal. No tienen ni un año de reparadas y ya están partiendo en asfalto nuevamente para ponerlo “bien”.
- Exacto y la parte de que te lleva al módulo de Chuao, está vuelta nada. No hay planificación
- Sip. Hace falta un poco de eso. Además de cuidado, la gente ya no cuida las cosas. Hace un tiempo éramos como más amigables. La gente te daba las gracias. La gente te atendía bien en lo locales.
- Me vas a contar, otra vez, de cuándo tenías que ir parada en el carrito a Los Teques porque a tu madre le daba la gana darle el asiento a alguien con tres bolsitas.
- Jajajajaja. Sí, es que es verdad. Antes la gente daba paso, nunca veías una señora embarazada parada en el Metro. Si alguien no te podía dar el asiento, te cargaban los paquetes si las manos no te daban.
- Bueno, pero eso todavía se ve.
- Es verdad, de vez en cuando aparece alguien para salvar la patria.
- Pero bueno, volviendo al punto original, qué bonita es la cota

Jesús no da paso
Pero las cosas han cambiado, -con temor a sonar como una doña- la gente no maneja como antes, la indolencia y la anarquía están a la orden del día. Ahora mi terapia relajante se convierte en un paseo en montaña rusa a la que le dejaron de hacer mantenimiento hace raaaato. Los códigos cambiaron. El hombrillo pasó a ser el canal rápido; la luz amarilla del semáforo se traduce en “¡Púyalo ahí!”; las intermitentes sólo las puedes utilizar si estás encaravanado o en una noche de “piques” y las luces de cruce son las que más han evolucionado, Parafraseando a Luis Chataing: cuando pones la luz de cruce para la izquierda, el pana del carro de al lado entiende “a que no me pasas por la izquierda” ¿Qué pasó con eso de dar el paso? Con aquello de poner la otra mejilla y ayudar al prójimo y tal…
Saturday, September 02, 2006

Mis zapatos raritos Bogotanos
Estamos de aniversario y para esta ocasión especial me preguntaron qué es la Industria Cultural, no estaba muy segura de la respuesta, así que busqué ayuda y lo que pude descubrir es que es aquella que se encarga de utilizar una serie de métodos para que nuestros modos de vida, costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico y científico lleguen a un nivel comercial.
Para que esto pase, es necesario que las máquinas se involucren en el proceso, para que el producto sea haga más rápido y con mejor calidad, por ende puede llegar a más lugares. Por ejemplo, para nadie es noticia que McDonald’s es una gran representante de la Industria de la Comida. Las partes de la hamburguesa están mecanizadas y hasta los que alguna vez trabajamos ahí estuvimos automatizados ¿El resultado? Una hamburguesa acompañada de papas geniales y ensaladas totalmente manufacturadas que saben delicioso, durante un tiempito determinado.
Eso pasa con los carros, el deporte, la ropa, la arquitectura, la pintura, la música y hasta la literatura. Todos y cada uno de ellas, manifestaciones de nuestra cultura. No les voy a hablar de deportes o carros, porque honestamente no soy muy ducha en el asunto, así que podemos hablar de lo mucho que ha ayudado la industrialización en la literatura, cuántas obras geniales nos llegan a nuestras manos gracias a ese invento maravilloso que es la imprenta. Títulos de cualquier parte del mundo están a nuestro alcance. El Vano Ayer, ganador del Premio Rómulo Gallegos, está en mi casa ¿Gracias a qué? ¡A la Industria de la Cultura!
Ahora, la ropa ese vicio de nosotras las mujeres, es genial que haya llegado la industrialización, ahora tenemos una cantidad de modelos y colores a un precio accesible. Y hasta podemos imitar a nuestra heroínas del mundo de la farándula ¿A quién no le gusta ir a comprar algo que a Madonna o a Gwen Stefani le luce tan bien? Aunque de vez en cuando, es como agradable ponerse algo que sólo tu tienes, de esas piezas que sabes que si te vas a rumbear a un local nocturno, sabes que tu y sólo tu vas a estar luciendo y no porque llamaste a tu mejor amiga ¡No! Sino porque es una pieza única que te compraste en la Plaza de Los Museos a una panita con cholas que te convenció de comprarle un collar de peonías hecho a mano.
Siguiendo con nuestra lista, hablemos del campo de la música. Gracias a la industrialización, ahora podemos escuchar el disco de Oasis mucho más rápido de lo que mis padres podían escuchar el de los Beatles. O los muy queridos chicos de Wahala pueden hacer que el disco de Bacalo Men llegue a Europa y Japón. El problema es que ahora también es mucho más fácil copiar estilos y por eso vemos por ahí a un montononón de muchachitas quinceañeras, todas rubias, intentado sonar a lo que Madonna sonó hace 15 años. No es secreto que hay 20 grupitos de Punk Pop Rock Pop que no suenan distintos los unos de lo otros y lo que es peor, que se ven igualitos.

Se Acabó el Tácata Tácata
Actualmente los chamos crecen con la tecnología, Ana Paola, mi primita cuando tenía 9 años ya sabía manejar el celular muchísimo mejor que mi tía. El hijo de mi cosmetóloga -sip, ya estoy en edad de tomar ese tipo de cuidados- a los 11 años ya había diseñado unas cuantas páginas web. Paralelo a eso, el papá de mi padrastro (El Señor Rial, escritor desde hace ya varias décadas y con varias novelas bajo el brazo) estaba aprendiendo a cortar y pegar un texto en su computadora.
Para mi, familiarizarme con la tecnología no ha sido tan tortuoso como para el Señor Rial, pero definitivamente tampoco fue tan sencillo como lo es para mi pequeña prima. Las computadoras no estaban al alcance de todos. Sólo algunos pocos tenían la pericia y el cuidado necesario para manejar esos robots en forma de caja. Sentarse frente a una computadora implicaba manejar una serie de códigos y programas, era como para gente grande o por lo menos para los que habían terminado bachillerato y estuvieran estudiando alguna carrera relacionada de ese estilo, Ingeniería en Sistemas o Computación. Ni siquiera los periodistas las utilizaban.
De eso puedo dar fe. Mi madre, periodista de profesión trabajaba en El Diario de Caracas. Yo siendo única hija y sin ningún primo mayor sin oficio, viviendo en San Antonio de Los Altos (en aquella época muy lejos de la civilización), no tenía quien supervisara mis movimientos, así que en más de una ocasión, mis vacaciones escolares las pasaba en la redacción del periódico. Me volvía loca con el tácata tácata de las máquinas de escribir. Era un ruido insoportable cada “tac” que salía como resultado de presionar una tecla, sin contar por supuesto lo duro de las teclas. Y por si fuera poco, si te equivocabas, había que pasarlo de nuevo completito (Para eso estaba el departamento de transcriptores). Los caracteres había que contarlos manualmente, por supuesto había un formatico que te medio ayudaba, pero si te equivocabas, no podías borrar, una “equis” sobrepuesta en el error bastaba, así que había que contar nuevamente, a mano.
Esa experiencia se repitió en los primeros semestres de Comunicación Social en “La Central”. Después de cada práctica, la mitad de la clase salía sorda, malhumorada y tanto estresada. No era nada fácil entregar la pauta en limpio (sin errores y sin tachones) a tiempo. Generalmente se perdía muchísimo tiempo en corregirla.
Gracias a Dios todo eso cambió, a partir del tercer semestre, las computadoras se abrieron camino en la Escuela de Comunicación y en mi casa. Era una sensación maravillosa escribir mientras podías realmente escuchar música. No el tácata tácata. Poder borrar las letras o hasta el párrafo completo si no te convencía el resultado, esperar a que ese aparato te cuadrara los márgenes ¡Y además te da la opción de autocorrección!
Wednesday, August 30, 2006
… Hay que amarlasHace un par de años, un viernes de esos en los que ya no tienes nada qué hacer, estábamos un grupo de trabajo, felices porque esa semana nuestra efectividad no era normal. Eran las 3:00 de la tarde y hace raaato que habíamos terminado nuestras tareas. Así que primero fuimos como tres personas al cafetín de la emisora. El típico cafecito con cigarro de media tarde ya era costumbre.
No pasó mucho rato y ya no éramos tres. Resultamos armar un grupete simpático que discutía de todo a punta de un cigarrito y un café. Como es costumbre, terminamos chismeando, así que más de una relación se puso en tela de juicio.
Por ahí comenzó la cosa. “Es que no entiendo qué pasó, si ella me dijo que no le pasaba nada. Ah no te pasa nada ¿no? ¿Y entonces por qué cargas un cañón? ¡¿uh?!” decía el negro. “Pero es que eres una bestia Mau” -le contestaba Nene- “Cómo no se va a molestar si saludaste a medio mundo y uno: la dejaste botada y dos: no la presentaste. Yo también me arrecharía”. Y así estuvimos un par de minutos, por decir horas. Discutiendo acerca de situaciones incómodas, tanto para jevitas como para jevitos. Críticas para acá, explicaciones para allá. Hasta que Andrés soltó la frase. “A las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas”.
Después del chalequeo de los chicos y la celebración de las chicas, nosotras, las niñas, decidimos hacer iluminar a esos muchachos inocentes que no entendían nuestro códigos. Así que con permiso las que participamos en esa conversa, les hago un resumen. Ahí les van uno que otro datico –de suma importancia- para que intenten entendernos un poco más y por supuesto que para que ganen unos cuantos puntos con nosotras las féminas.
· Una cosa que nos saca de quicio –y créanme que es a todas, toditas todas las chicas – es que no nos presenten. Hay pocas cosas en el mundo que nos hacen sentir tan “ceroalaizquierda” que llegue un panita a saludar y se instale (léase instalarse más de tres minutos). Y uno ahí, como una tonta, sonriendo cada vez que uno de los protagonistas piensa que dijo algo funny. Y que además el individuo sea incapaz de presentarte. Y si la persona que se acerca es una niña, pierdes más puntos. Y si la niña está chévere ¡Ay papá!
· La primera cita: traen la cuenta y la chica hará el amague. Saca la cartera y hasta hace algún comentario dejando ver que está dispuesta a colaborar –sí, co-la-bo-rar. Y resulta que dejas que ella se encargue de ese muerto solita. Mal comienzo. Si resulta que la cuenta es de 5 mil bolívares, porque le invitaste un cafecito al salir del trabajo y dejas que ese billete llegue al cajero. Peor aún.
· Te llaman por teléfono, estás conversando y te preguntan qué andas haciendo y tu sales con rodeos y dices que estás por ahí. Mala señal. Si se te ocurre decir que estás con una amiga. Perdiste los puntos que te quedaban. A nosotras nos encanta que nos exhiban, que nos comente. No que nos oculten. Si todavía no estás en una de formalidad, pues responde cualquier cosa menos “por ahí, con una amiga”.
· Ni se te ocurra decir en la primera cita “uy que de pinga eres, no quiero perderte” –ha pasado, créanme. Nada de declaraciones ni epifanías, que “eres la mujer de mi vida”, que “me vas a hacer falta”. A nosotras también nos asusta el compromiso. Lo que pasa es que lo disimulamos mucho mejor que ustedes.
· En la primera cita, nunca y repito NUNCA se lleven público. Nada pasar buscando a unos panas para ir al Ateneo a tomar unas birritas. Y mucho menos si tus panas, son mucho más goodlooking que tu. Y menos aún, cuando son más pilas que tu. Porque tu pana intentará sacarle el teléfono a la jevita y te dejará como un tonto.

Moraleja, en la primera cita, no sólo la invitas con todas las de la ley, sino que además te encargas de abrirle la puerta (eso nos encanta), de dejarla pasar primero y muy importante, decirnos lo bonitas que lucimos y/o lo bien que olemos. Simplemente consiéntannos. Estén pendientes. No intenten entendernos. A veces ni nostras lo logramos (y menos en esos días previos en que “nos sentirnos más mujer”). Y como diría Andrés Ámennos.

¡Esa apuesta la gano yo!
Siempre me ha gustado meterme en las historias, películas, libros, obras de teatro, etc. Si es de suspenso es mucho mejor, me encanta jugar al detective. Mi tesis es que las mujeres somos detectives naturales y somos mejor que los chicos.
Para comprobarlo he hecho de todo, cada vez que estoy viendo una peli de suspenso con el jevito se escuchan las apuestas, en algún momento le ponemos stop y mientras hacemos el refill de chucherías y bebidas, descubrimos nuestras teorías. Generalmente la cosa está pareja, pero nosotras las chicas, siempre vemos algo que los chicos no. No sé si será eso del sexto sentido. Puede que sí. Puede que simplemente pensemos, estemos programadas para buscar en diferentes lugares ¿Quién sabe?
Está comprobado que las mujeres montan cacho mucho mejor que los hombres, sabemos mentir mejor. A los chicos se les olvida, con más de dos preguntas a destiempo tenemos para descubrirlos. Les cuento varios sucesos “de la vida real”, panas que por olvidadizos los pillaron y verdaderas misiones de espionaje realizadas por panitas. Para no herir sensibilidades cambié los nombres de los protagonistas.
Valentina por ejemplo, conoció a Viviana. Entre conversas y cuentos, se dan cuenta que están saliendo con el mismo jevito (bien tonto Alberto que se las buscó cerca). Una revisó los contactos del celular y la otra los correos. Las chicas se encargaron de llamar y mandar correos y descubrieron que compartían al Beto con dos chicas más. Las cuatro se pusieron de acuerdo, cada una seguía su relación como si nada pasara. Un buen día Valentina le dice a Alberto que quería hacer algo diferente, que lo esperaba en su casa, con una sorpresa. ¡Vaya sorpresa! Las cuatro reunidas en el estacionamiento, dispuestas a partirle el alma a ese hombre.
Luis Carlos por ejemplo, fue por primera y única vez –o por lo menos eso pensaba Eva- a la inauguración de un local en Las Mercedes. El local era tan improvisado que ni logo, ni slogan tenía. Una noche simpática para la pareja. Semanas después Luis, con tres cervecitas –esto generalmente ayuda a que los chicos se suelten- lanza el lema del local en una conversa. A Eva esto no le sonó muy bien, se puso a sacar cuentas y la única manera posible para que Luis Carlos supiera eso, era que lo había visitado ¡Y sin ella! Eva decide preguntarle qué hizo hace varias noches, cuando él alegaba estar cansado y con ganas de dormir. “Nada linda, estaba en mi casa durmiendo”. Con un tono menos calmado Eva lanza el “tú no estabas en tu casa… te vieron” Eso por supuesto era una gran mentira. Pero el Luis Carlos cayó redondito y confesó la falta.
Y por último Roberto –que no tiene casa propia- estaba con su chica en la habitación de un hotel. Al terminar la faena, en el estacionamiento, Roberto que iba manejando, calculó mal y le dio a un carro que ahí estaba estacionado. Para su sorpresa era el carro del vecino. Así que ni se molestó en dejar nota ¡Total! Se verían dos días más tarde en el cumpleaños de Ernesto. Llegó el viernes y la celebración de los 30 años de Ernesto estaba corriendo. Roberto después de tres cuba libre –nuevamente el factor alcohol- se le acerca al dueño del carro chocado y le dice:
- Oye marico, discúlpame por el toquecito que le di tu carro.
- ¡Ah! ¿Fuiste tu? – dice con cara de alivio Augusto.
- Si vale, eso fue el miércoles que estaba con Patricia en el Dallas
- …
- ¿Qué pasó, viejito?
- Es que… ese día no tenía el carro yo… Lo tenía mi esposa.
Más de tres meses tenía Liliana en ese rollo y el Augusto, no tenía ni idea. ¿Por qué? Porque los chicos están acostumbrados a ver en los lugares usuales. Nosotras mentimos desde chiquiticas. Decíamos que íbamos al cine con Annalisa al salir del colegio, en lugar de pedir permiso para comer helados con Julio. Cuántas chicas no han dicho que se van a la playa con Cristina y sus padres, cuando la realidad es que Edgar les regaló un viaje a Los Roques de aniversario. Por buscar en lugares comunes es que no encuentran la camisa blanca que les queda tan bien y tiene que salir la jevita –o en su defecto su madre- a buscarle la camisita al niño, porque no se acuerda en dónde la dejó. Y por eso también ganamos las apuestas a la hora de descubrir quién es el asesino en la última película de espionaje.
Tuesday, August 29, 2006
Acá les dejo una que otra cosita que he escrito por ahí, la mayoría es apara la revista Play, Hope you like it!
Tatuaje: Ritual divino
No es secreto que la costumbre de tatuarse es antiquísima, claro que debe haber más de uno que piense que es un invento contemporáneo de la industria estética y que hace apenas unas décadas se puso de moda. La verdad es que su origen, tiene raíces todavía inciertas.
En los 90 se descubrió la momia de un cazador que murió en el año 3300 a.c., su espalda estaba tatuada. Hace 5305 años los tatuajes eran con fines terapéuticos, se hacían incisiones en la piel con hierbas medicinales, que luego quemaban. Los egipcios, los utilizaban a manera de seducción y de estar conectados con sus dioses, además de representar el paso a la madurez. Esto también pasaba con los aztecas, que lo veían como un proceso mágico religioso. En las Islas Británicas, Grecia y Roma, se usaban para espantar a los enemigos.
Sin embargo, el más artístico es el de Polinesia; en el que las tribus se tatuaban desde la pubertad, hasta el momento de su muerte. Cada figura escribe la bitácora del individuo: logros, estatus social, protectores y creencias. De hecho Marco Polo relató en su “Travels” que cuantos más tatuajes tuviera una persona, más respetada era.
Para mi, el tatuaje es y seguirá siendo, un ritual. Comienza desde que decides decorarte la piel. El hecho de buscar esa figura con significado especial, debería considerarse sagrado. En mi caso, fue después de varios intentos, no quería terminar con un Piolín. Pero la ceremonia, no estaba completa, busqué entre varios tatuadores, por aquello de que me va marcar de por vida y alguna empatía debía haber.
Conseguí al indicado ¡Comenzó lo bueno! La parte mística del asunto pasó, escogí el símbolo que marcó una nueva etapa en mi vida, desde ese momento y hasta que me muera (esperemos que de viejita, dormida y sin dolor). Lo que siguió fue la prueba de valentía, como la de los guerreros celtas y los piratas de mar abierto. Tocaba aguantar el dolor, la presión de un montón de agujas (que nunca me han gustado) en un mismo lugar, durante 45 largos minutos.
Prueba superada, mi estrella de siete puntas quedó bellísima enmarcada en su cículo, al final de mi espalda. Valió la pena el dolor. Tanto así, que un año más tarde, repetía con el Joako, mi tatuador. Esta vez, una nueva historia, un nuevo reto, un nuevo ritual. Ahora son dos las figuras que estarán siempre conmigo como una extensión de mi personalidad. Tal como los polinesios. Y pronto vendrá el impar, no sólo por la premisa de que deben ser números impares, sino porque este arte tan divino, es un vicio.
Como decía mi abuelita “más sabe el Diablo por viejo que por Diablo”
Desde pequeña me parecía raro que mis panas tuvieran familiares en diferentes partes del mundo, que si “mi tía es de España”, “mi papá de Portugal”, etc. Yo no tengo familia en ninguna parte del mundo, soy criollita de pura cepa. Y aunque no heredé el color canela de mi abuelo, sí llevo el tumbao necesario para una buena noche de tambores. No sólo sé bailar tambores, sino que además crecí con las costumbres y supersticiones que tenemos los venezolanos y me sé gran parte de ellas. Y ahora me dispongo a comentárselas una por una, o por lo menos las que quepan en este artículo.
Por ejemplo, cada vez que estábamos al aire libre y aparecía un insecto volador y con aguijón, mi madre me decía “muérdete la lengua” y aunque parezca mentira, el animal se iba por donde venía. El “muérdete la lengua” también es un sustituto para el “¡Ni Dios lo quiera!” Por extensión, hay que morderse la lengua cuando no desees que algo pase. En cambio, si lo que quieres es que se dé, entonces debes tocar madera; y a falta de madera, la testa es lo mejor, tres golpes es lo recomendado por las doñas.
Si lo que buscas es buen sexo, entonces no sólo debes brindar viendo a los ojos a tu compañero de tragos, sino que debes darle tres vueltas al trago por encima de tu cabeza en el sentido de las agujas del reloj (esto no significa que el sexo será con la persona con la que brindas). Si la necesidad no es tanta, entonces con brindar con la mano izquierda y mirándose a los ojos, tendrás para que ese encuentro se repita. Ahora, si la reunión es en tu casa y no aguantas a la visita, puedes poner la escoba detrás de la puerta, para que el indeseable se vaya.
También puedes llenar un vaso con agua y algo de sal, le colocas un plato encima y lo volteas. Esto según mi abuela, era la efectividad en pasta. Si la visita es tan desagradable que llega al punto de provocarte urticaria, agarra un puñito de sal y se la echas en los pies al visitante, sin que se de cuenta, y más nunca pondrá un pie en tu casa.
Y si de sal hablamos, no es secreto para nadie que a ella se atribuyen poderes sobrenaturales desde el principio de los tiempos, los vikingos la rociaban después de acabar con una civilización, para que en esa tierra no creciera ni el monte. Con fines menos dramáticos se sigue utilizando en mi familia, debe ser por miedo que cada vez que queríamos aderezar, mi madre decía “pon la sal en la mesa y de ahí la agarro, sino nos peleamos”.
Exactamente lo mismo pasa con cualquier objeto filoso, bien sea tijeras o cuchillo. Aunque no todos los utensilios de cocina tienen una connotación negativa. En la casa, cuado se caía un cuchillo, se escuchaba a mi prima Lorena “¡Ay, viene un hombre!” Y efectivamente, mi padrastro llegaba al rato. Si se caía una cuchara (claro, es como lógico ¿no?) esto significa que viene una mujer. Las mujeres, le tenemos pánico a un mal corte de cabello, así que nos cortamos el cabello cuando la luna está creciente, para que crezca rápido y lleno de brillo.
Nos encanta tener al lado alguien que nos consienta, por eso más de una tía ha decido voltear a San Antonio y no enderezarlo hasta encontrar pareja y cuando vemos a alguien que está barriendo cerca de nosotras, inmediatamente levantamos los pies. Mi bisabuela siempre me decía “ay mija, no se deje barrer los pies, que después se queda sin marido”.
Y así vamos interpretando las cosas en mi familia, el mal de ojo no nos agrada, cada vez que alguien (malintencionado) nos dice que algo nos queda “bellísimo” la respuesta es “gracias” en voz alta, pero inmediatamente tienes que pensar con mucha convicción –es un poco escatológico, sí, pero todo vale a la hora de evitar que ese anillo que tanto te gusta se te pierda- “tus ojos entre mi culo” y si la mala vibra se percibe a leguas, es estrictamente necesario rematar -insisto, en tu cabeza, sin mencionar palabra alguna- con un “y de retruque” .
¿Realmente funciona todo esto? Buena pregunta, pero de que vuelan, vuelan y como decía mi abuelita “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.



